domingo, 5 de febrero de 2012

El Mawlid Maulid El nacimiento del Profeta Muhammad(sws)

                                               

                                                       

                                                       

                                                       

                                                       

                                              


                                              




El término Mawlid es el nombre que recibe la celebración del aniversario de Muhammad (s.a.s.). También se utiliza con el mismo significado la palabra Mawlud que literalmente significa "el Nacido" (en pronunciación vulgar Mulud).l Mawlid
La conmemoración de su nacimiento (‘al Mawlid’) está estrechamente ligada al principio que rige todo lo que es bueno en la existencia de la vida de Muhammad
El mundo islámico conmemorará el próximo sábado la fiesta del nacimiento del profeta Muhammd que tendrá lugar el 12 del mes de ‘Rabi al-Awwal’ según el calendario musulmán, comúnmente aceptado como la fecha del nacimiento del profeta.
Esta celebración se conoce como ‘Al Mawlid al-Nabawi’ (nacimiento del profeta). No existe ninguna mención específica en la ‘Sunna’ (la segunda fuente del Islam tras el Corán), que obliga a celebrar este día, sin embargo, el hecho de evocar su nacimiento significa un verdadero júbilo festivo de gran valor religioso para todos los musulmanes.
La conmemoración de su nacimiento (‘al Mawlid’) está estrechamente ligada al principio que rige todo lo que es bueno en la existencia de la vida de Muhammad. La mención más antigua que se conserva de celebraciones públicas del ‘Mawlid’ se encuentra en la obra del historiador andalusí Ibn Yubáir (1145-1217).
En su libro ‘Los viajes de Ibn Yubáir’ el historiador y viajero narra la ceremonia especial que se organizó en La Meca –ciudad natal del profeta- durante el día doce del mes árabe ‘Rabí al-Awwal’. La casa del Profeta permaneció excepcionalmente abierta durante todo el día y a ella acudió un gran número de visitantes recitando versículos del Corán y del ‘Dua’ (plegarias).
La biografía de Muhammad (As-Sira an- Nabawiya) se remonta al pasado, cuando estaba todavía en el vientre de su madre (Amina). Amina al dar a luz a Muhammad, alrededor del año 570 de la era cristiana, su abuelo (Abdul Mouttaleb) tomó al niño en sus brazos, después le llevó a la ‘Kaaba’ y le llamó Muhammad, un nombre que era ya conocido pero no estaba muy extendido entre los países árabes.
La mayor parte de los países del mundo islámico conmemora este día con actos religiosos, en los que se invoca el nombre de Dios y se recitan pasajes del Corán.
Se trata de una ocasión extraordinaria para recordar con especial intensidad al fundador del Islam, el Nabí, el Anunciador, que nos mostró la Senda hacia Allah, hacia la Luz que disipa todas las tinieblas, hacia la Plenitud en la que se diluyen todos los conflictos y mediocridades del ser humano. Sidnâ Muhammad nos indicó el camino que conduce hasta el califato, hacia la soberanía... Allah lo bendiga y salude eternamente por cada paso que se da sobre ese Sendero.
Sidnâ Muhammad (P.B.) fue ‘Abdullâh, el Servidor de Allah; fue Nabíyullâh, el Anunciador de Allah; fue Rasûlullâh, el Mensajero de Allah; y todo ello porque en su esencia era Habîbullâh, el Amado de Allah. Él fue al-Mustafà, el Escogido. De principio a final, él es Nûr, Luz. En estos títulos de Sidnâ Muhammad (P.B.) se resume adecuadamente la explicación de quién era. En su raíz, en su intimidad más profunda, él estaba completamente entregado y rendido a su Señor, resplandeciente en el esplendor de la Verdad. Ése era su secreto, y ese secreto fue lo que se reveló configurando el Islam.
A algunos les resulta contraproducente la veneración de los musulmanes por Sidnâ Muhammad (P.B.). La confunden con un culto a la personalidad en contradicción con el estricto unitarismo del Islam. “Hay que mirar hacia Allah y olvidar todo lo demás”, esto es lo que dicen quienes no comprenden muchas cosas. En primer lugar, mezclan ideas que nada tienen que ver entre sí: el respeto, la veneración, no es culto ni idolatría, sino reconocimiento. En cierta ocasión, Sidnâ Muhammad (P.B.) dijo: “No sabe dar las gracias a Allah quien no sabe darlas a la gente”, y dada la magnitud del favor que él nos ha hecho, no hay forma de darle las gracias más que con un amor apasionado y sin límites. No hay que confundir el Tawhîd, el unitarismo, con el desdén, el desapego, la descortesía y la ignorancia.
La gratitud de los musulmanes se expresa bajo la forma de un amor intenso hacia Sidnâ Muhammad (P.B.), y tiene su clave en el reconocimiento, que es conciencia. Intentamos así agradecer el bien que nos ha hecho, y esto se comprende cuando se profundiza poco a poco en el Islam. Cuanto más se conoce el Islam, más se descubre la grandeza de quien lo contuvo y lo trasmitió, y más se le valora, porque, a la par que nos adentramos en la inmensidad del Dîn, se nos va haciendo patente la inmensidad sin límites de Sidnâ Muhammad (P.B.). Él fue un océano desde el que fluyó un océano.
Hay quienes ven en él simplemente a un rasûl, un mensajero. Entre los propios musulmanes modernos hay quienes ven en él al mero trasmisor de una Ley. Ven la vaina, no la espada, que tiene un filo cortante. Él fue Rasûlullâh, el Mensajero de Allah, y el complemento ‘de Allah’ es lo que debiera despertar en nosotros una inquietud que nos dejara intuir que había algo tremendo en Sidnâ Muhammad (P.B.) que lo capacitaba para ser el Mensajero del Señor de los Mundos. Ese ‘de Allah’ es el filo cortante de Muhammad (P.B.), es la medida de su envergadura espiritual.
Sidnâ Muhammad (P.B.) es conmocionador. Su secreto es envolvente. Su realidad es inexpresable. Su fuerza es impactante. Eso es lo que verdaderamente han detectado los musulmanes y es lo que los ha enamorado. Han sido arrebatados por su majestad y su belleza, una majestad y belleza que están más allá de todo. Es lo que sucedió a sus Compañeros, que fueron seducidos por la energía de su presencia. Es lo que está realmente en la raíz de las lágrimas que se vierten ante su tumba, lágrimas que denuncian una alegría infinita, signos de un estremecimiento que es pura emoción para la que no hay palabras sino un latido especial del corazón. Visitar su tumba en Medina es un acontecimiento embriagador. Es ponerse delante de algo atemporal. Es tener un instante con él y saborear un deleite que se filtra hasta lo más íntimo. Nada hay comparable.
Los musulmanes no tienen que mitificarlo ni divinizarlo. Sólo tiene que sentir a Sidnâ Muhammad (P.B.) e identificarse con él para fluir con su secreto. Los sufíes dicen que, al igual que para conocer a Allah hay que morir en Él, para conocer a Muhammad hay que morir en él. Él es capaz de despertar una pasión en la que merece la pena perderse, porque es la pasión que de modo efectivo nos acerca a Allah, al Señor de Muhammad (P.B.). En él conocemos a Allah; por los recovecos de su esencia paladeamos el secreto de la inmediatez del Creador de los cielos y de la tierra. En él está el Amor de Allah, y él era Habîbullâh.
El Corán enseña que Sidnâ Muhammad (P.B.) nos fue enviado ráhmatan lil-‘âlamîn, nos fue enviado como Misericordia para los Mundos. Él es puro vórtice de un bien vivificante. Y el Corán le llama Sirâÿ Munîr, Antorcha que ilumina y también Sirâÿ Wahhâÿ, Antorcha Resplandeciente. A su luz, el musulmán se conduce hasta el bien sobreabundante de Allah. Bajo su estandarte, construye su Nación. Los sufíes lo llaman Sáyyid al-Wuÿûd, el Señor de la Existencia, por su eminencia, por su centralidad, por todo lo que el Corán dice de su verdad.
Entre los mismos musulmanes hay quienes opinan que celebrar el Máwlid es inconveniente, que es una innovación reprobable (una bid‘a), y ven en ello un culto a la personalidad contrario al espíritu del Islam. Son los que ven la vaina y no ven la espada. ¿Quién puede evitar que los musulmanes cumplamos nuestras obligaciones hacia Sidnâ Muhammad (P.B.)? ¿Quién puede evitar que el amor de los musulmanes hacia Sidnâ Muhammad (P.B.) se desborde? El amor de los Compañeros de Muhammad hacia él es el precedente que legitima una celebración que va a la raíz de su verdad. Es cierto que una de las formas en que debe expresarse ese amor es en el seguimiento estricto de sus enseñanzas, pero el festejo es signo de ver en él algo más que el simple trasmisor de una enseñanza, es sentir en él lo tremendo. Siguiendo estrictamente la Sharî‘a vivimos en su Ley. Pero con el Máwlid celebramos su Esencia (Haqîqa), su Verdad.
En la celebración del Máwlid no hay idolatría, sino reconocimiento. Es el resultado de la experiencia muhammadiana de la Nación. Es fruto de la relación apasionada con Sidnâ Muhammad (P.B.), y por ello es incontenible. En la celebración del Máwlid hay una conmoción de fuerza muhammadiana.

Allâhumma sálli alà sáyidinâ muhámmadin
¡Allah! Bendice a nuestro señor Muhammad

il-fâtihi limâ úgliqa
que abrió lo que estaba cerrado,

wa l-jâtimi limâ sábaqa
selló lo que le había precedido

nâsiri l-háqqi bil-háqqi
y auxilió a la verdad con la verdad,

wa l-hâdi ilà sirâtika l-mustaqîm
y es guía hacia tu Sendero recto,

wa là âlihi
y bendice a los suyos,

háqqa qádrihi wa miqdârihi l-azîm
en conformidad con su mérito y su rango inmenso.

l Mawlid
Celebración del nacimiento del Profeta Muhammad (sas)